Para los progres, la observación de que "los campesinos se revuelven" es un juego de palabras. Para los conservadores, es motivo de optimismo inusual. No importa lo mucho que se aleje el péndulo ideológico a corto plazo, al final la piedra angular del sentido común del pueblo estadounidense prevalece.
"No soy un ideólogo", protestaba el Presidente Obama en un encuentro celebrado la semana pasada con los miembros Republicanos de la Cámara. Tal vez, pero mantiene un tenaz compromiso con un conjunto de convicciones políticas.
Compare su discurso del estado de la nación 2010 con su primer discurso al Congreso un año antes. La coherencia es notable. En 2009, tras aprobar un paquete de estímulo de 787.000 millones (hoy 862.000 millones), la mayor legislación de gasto de la historia galáctica, dio a conocer un manifiesto para reestructurar fundamentalmente los cimientos de la sociedad norteamericana - salud, educación y energía.
Un año más tarde, tras sufrir sorprendentes derrotas Demócratas en Virginia, Nueva Jersey y Massachusetts, Obama pronunciaba el discurso del estado de la nación en sus trece (a) prometiendo no zafarse de la reforma sanitaria, (b) aspirando a convertir la educación superior en un programa federal paulatinamente, y (c) volver a introducir la legislación energética de intercambio de emisiones. Además, por supuesto, de otro paquete de estímulo, rebautizado esta vez como "ley de empleos".
Siendo esto una democracia, ¿no ven los Demócratas que aferrarse a esta agenda es la receta del suicidio? ¿No entienden Massachusetts?
Bueno, ellos lo entienden a través de un prisma de dos axiomas apreciados: (1) La gente es estúpida y (2) Los Republicanos son malos. ¿El resultado? Los bobos, inducidos por los maliciosos, se equivocaron al votar.
Las expresiones progres de desprecio a la inteligencia y la madurez emocional de los electores han sido, post-Massachusetts, muy incautas. El columnista del New York Times Charles Blow criticaba a Obama por no comprender la necesidad de hablar "en el lenguaje sencillo de la gente común", porque la gente "desconfía de la complejidad". Blow aconsejaba: "La próxima vez que pronuncie un discurso, alguien debe darle un toque y decir, 'Señor Presidente, estamos aquí".
Un bloguero de la revista Time fue aún más directo a propósito de los curritos de a pie, explicando que somos "una nación de lelos" que es "demasiado corta para prosperar".
Obama se unió al coro en el discurso del estado de la nación cuando, con modestia arrogante, se reprendió a sí mismo "por no explicarla (la atención sanitaria) con mayor claridad al pueblo estadounidense". El tema, señaló, era "complejo". El tema, habría de tenerse en cuenta también, era el mismo al que el amo de la complejidad ha dedicado 29 discursos. Tal vez es que no habló con la lentitud suficiente.
Luego están las carencias afectivas de las masas. Casi todo apologista Demócrata se lamentó de la indignación y la inquietud de la gente, una agitación suspendida que les impide apreciar la bondad de la agenda social que los Demócratas están tan decididos a imponerles.
Esto nos lleva al segundo miembro de la suposición progre: los progresistas actúan en interés de la nación, mientras que los conservadores sólo piensan en el poder, las elecciones, el autobombo y el interés propio.
Es una vieja temática progre que las ideas conservadoras, al caracterizarse por expresar emociones, no pueden derivarse de ninguna noción de bien público. Una esquela del New York Times del filósofo Robert Nozick en 2002 explicaba que las implicaciones acusadamente libertarias de la obra maestra de Nozick, "Anarquía, estado y utopía", "resultaron reconfortar a la derecha, que estaba agradecida por lo que aceptaba como justificación filosófica". La derecha, ya ve, está muy agradecida cuando un intelectual brillante sabe injertar algún tipo de racionalización en su política profundamente rudimentaria e interesada.
Esta creencia en el vacío moral del conservadurismo alienta el mantra progre actual de que la oposición Republicana a la agenda socialdemócrata de Obama - que no pudo superar ni el trámite de un Congreso Demócrata y que propició las importantes derrotas Demócratas de Nueva Jersey, Virginia y Massachusetts - no es sino obstruccionismo ciego y cínico.
Por el contrario, la oposición Demócrata a George W. Bush - desde Irak a la reforma de la Seguridad Social - constituía (BEG ITAL)disidencia(END ITAL). Y la disidencia, nos decía en aquel entonces hasta el candidato Obama, constituye "una de las expresiones más sinceras de patriotismo".
Ya no. Hoy en día, la disidencia de la ortodoxia legislativa es maldad nihilista. "Ellos tomaron la decisión", explicaba David Axelrod, "iban a sentarse a esperar a que fracasáramos, a que el país fracasara" - una expresión perfecta de la convicción de los progres en que sus aspiraciones son por fuerza las del país, que su idea del bien del país es la del país, que su fracaso es por tanto el de la nación.
Luego viene Massachusetts, unos comicios que Obama en persona se encargó de nacionalizar, para hacer pedazos ésta la más autocomplaciente de las ilusiones.
Para los progresistas, la observación de que "los campesinos se revuelven" es un juego de palabras. Para los conservadores, es motivo de optimismo inusual. No importa lo mucho que se aleje el péndulo ideológico a corto plazo, al final la piedra angular del sentido común del pueblo estadounidense prevalece.
La chusma pasa a la ofensiva. Se centra de nuevo. Vuelve a normalizarse. Hasta en Massachusetts.