Hana Fischer (Montevideo, 1956) residió durante diez años en Venezuela, donde realizó estudios universitarios (Ingeniería Industrial) en la Universidad Nacional Abierta (UNA). En 1985 regresó a su país de origen. Desde 1995 escribe artículos periodísticos en diferentes medios de prensa uruguayos. A partir de enero de 2003 es columnista de la Agencia Interamericana de Prensa Económica. Alterna el periodismo con la docencia.
El concepto de “individualismo”, es decir, la persona como dueña de sí misma, es algo que contemporáneamente está muy desvalorizado. Se suele creer que cualquier forma de “socialismo” es un progreso, tanto desde el punto de vista social como moral. Nada más lejos de la verdad. La idea de la libertad personal es lo nuevo, lo moderno.
Podemos apreciar es que en nuestros días, para la generalidad de la gente “de izquierda”, la moral no consiste en determinar si cierta acción es buena o mala en sí misma, sino que la juzgan en función de quién la realizó. Es decir, una misma conducta podrá ser simultáneamente decente y censurable; el calificativo asignado en cada caso dependerá de la ubicación en el espectro político de quien la realizó.
Según el diccionario, “patético” significa “grotesco, que produce vergüenza ajena y pena”. Y eso es precisamente lo que sentimos cuando vemos que en forma impúdica, Cuba, una dictadura que hace cincuenta interminables años que sojuzga a su pueblo, es miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
A lo largo del tiempo, la estrategia electoral que han seguido la izquierda uruguaya y sus aliados, los sindicatos, en pos de conquistar el poder, ha sido dividir a la sociedad en dos grupos radicalmente opuestos: la izquierda haciendo el papel de Caperucita y el resto, del Lobo.
En la reciente cumbre de G-20, los gobernantes -“avanzados"- decidieron confabularse para no permitir que nadie quede fuera de sus tentáculos. La premisa es que todas las naciones expolien en forma “igualitaria”. Y en pos de ese objetivo, a la OCDE le es totalmente indiferente si el gobierno uruguayo es culpable de haber excedido el límite legal para contraer deuda pública.
La tortura es una praxis que comenzó en la noche de los tiempos. Es tan vieja como la humanidad misma. Se ha torturado sistemáticamente y en forma constante bajo las más diversas excusas. No hay período histórico o lugar del mundo que se encuentre libre de culpa.
En su obra “1984”, Orwell describe un mundo donde nada es lo que parece. Desde que la izquierda ganó las elecciones uruguayas en el 2005, sus integrantes, entre los que se incluyen los ex guerrilleros, exhiben sin pudor su convencimiento de que el axioma orwelliano encierra una gran verdad.
Si hay algo caracteriza a la historia de América Latina, es la turbulencia. Y dentro de ese contexto general, es indudable que las décadas de los 60s y 70s del siglo XX, fueron especialmente tenebrosas. Es un período conocido como el de “los dos demonios”.
La cultura es el elemento esencial que diferencia al hombre del animal. Y por esa misma razón es que la persona necesita, tanto como al aire que respira, vivir en un ámbito de libertad para desarrollarse plenamente.
Los sistemas totalitarios se caracterizan por el hecho de que los mandamás de turno, se abocan a controlar cada aspecto de la vida de los individuos. Pero es un error el pensar que los tiranos no aprecian a la libertad. Por el contrario, la aman tanto, que desean acapararla para sí mismos.
Por el bien de las naciones, es saludable no confundir “patriotismo” con “nacionalismo”. El primero, es un sentimiento delicado, intransferible, que por su propia naturaleza, pertenece al fuero íntimo de los individuos; el segundo, es inducido, tosco, se origina en las pulsiones irracionales de un cuerpo colectivo.
La ética sobre la cual fueron fundadas las colonias de Norteamérica puede resumirse en un solo concepto: responsabilidad individual. Eso significa que cada uno es responsable por sus éxitos y fracasos. Lamentablemente, los cimientos morales que sustentan la grandeza de ese país, han sido seriamente resquebrajados el 7 de setiembre.
Cuando se compara al idioma inglés con el español, es posible observar que hay ciertas palabras en castellano, que no tienen su correlativa en la lengua de los anglosajones. Esto es especialmente cierto en las áreas referidas al derecho y a la filosofía política. La razón es muy simple: en el mundo latino son habituales ciertas instituciones políticas y prácticas legales, que en el anglo, simplemente son inconcebibles.
Dicen que cualquier persona que haya vivido algunos años, es testigo de que durante las campañas electorales los candidatos suelen ser “delgados”, pero por alguna extraña razón, al poco tiempo de asumir funciones gubernamentales, tienen una tendencia a “engordar” sin tasa ni medida.
Fueron los soviéticos quienes tuvieron la idea de llamar “democracias populares” a los totalitarismos que impusieron en gran parte del mundo. Por ello no es casualidad que en muchas de esas naciones, luego de la caída del “Muro de Berlín”, resurgieran con vigor las “democracias liberales”, especialmente en Europa oriental. Y cuando se pensaba que tras el derrumbe de los totalitarismos en Europa y en la ex Unión Soviética ya no quedaba nada por aclarar, las “democracias populares” comenzaron a brotar como hongos en América Latina.
En una presentación de su más reciente libro, el periodista Andrés Oppenheimer sostuvo que actualmente los países no se dividen en los de izquierda o derecha, sino en aquellos “que captan capitales y los que ahuyentan capitales. Punto”. Y lo cierto es que mientras en el mundo la pobreza se ha reducido en un 50%, ésto no ha sucedido en América Latina.
Mientras la izquierda avanza en Iberoamérica y la ola populista y de atraso impulsada por Hugo Chávez amenaza con extenderse por el continente, el gobierno de izquierdas del Uruguay expresa claras señales de lucidez que pueden indicar el principio del final del inservible Mercosur.
Los latinoamericanos siempre hemos sentido una irresistible atracción por la autarquía. Y ese nefasto rasgo cultural ha sido estimulado sin cesar por las élites intelectuales, para beneplácito de todos los tiranos. Desde el inicio mismo de nuestra vida institucional, primero como colonias y luego como naciones independientes, ese “cerrarse” al mundo ha sido nuestra nota característica. Y también el origen de la mayor parte de nuestros males.
Bajo el dirigismo, intervencionismo y proteccionismo, los más beneficiados han sido el poder político, los burócratas y las cúpulas sindicales de los gremios poderosos. Asimismo se han beneficiado aquellos empresarios que entablan relaciones simbióticas con esos grupos, pero de ningún modo la población en su conjunto.